“Dora García es una artista española, y eso es evidente si se
mira su carne de identidad, se conoce su procedencia vallisoletana, sus
raíces, su familia, si se sabe dónde vivió y realizó sus estudios”.
Margarita Aizpuru
De las actuales prácticas visuales en España, uno de sus problemas,
quizá el más grave, toma desmesurado cuerpo en la casi nula vocación de
acercamiento, de hondura ávida y audaz, hacia las zonas esencialmente
problemáticas y básicas, figuradas en la raíz misma de su natural diversidad.
“La premura y las anticipaciones —se dice en América— están
al día y marcan las horas no porque sean acotaciones temporales, sino
por sus determinaciones efectivas”. En esa brecha, en la articulación
de las nuevas prácticas visuales, virtualidad parece haberse entendido
como sentido pronto y naturaleza de ellas; el medio, como
sustituto apresurado del fin, de lo definitivo para ser y por ser establecido;
y el desborde temático (dígase, entendido como contenido inevitable,
y no como centro de conocimiento problémico), como el encadenado definitivo
—abocador a fuerza de eslabonazos y cristalizaciones esporádicas, e incompletas—
y rostro de clarificación, por parentesco y sutilezas aproximativas, de
eso que debería entenderse como la tesis posible. En la raíz primaria
de estas actuales prácticas parece tener alojamiento no sólo una incompleta
comprensión de la experiencia de la modernidad —en tanto dimensionamiento
cimero del significado y la noción de identidad permanente,
y a su vez, revolucionaria aventura del vivir paradójico (de la paradoja),
lo contradictorio y la ironía— como antecedente seguro, sino también,
demasiado a menudo, una desfigurada asimilación del ideario posmoderno
(de la pluralidad cambiante tanto del individuo como de la historia, que
ni tienen una identidad fija ni van en una dirección determinada, en oposición
a la noción moderna de progreso, de puntos de referencia y de jerarquía),
cuya silueta, entonces visionada y aprehendida desde la simplisidad de
juicios apropiatorios e institutivos, ha ido adquiriendo, tal vez desde
los ojos de inexpertos falsarios, una dimensión de figura de la experiencia
que transcurre así mismo como episodio subversivo, como digresión de alteraciones
(no porque los transgrede, sino porque los minimiza) de los ordenes de
“discursividad imaginaria”, de los márgenes de articulaciones enunciativas
y los entornos de asentamientos prácticos, siempre determinados como zonas
de especificación de la artisticidad, y no como en principio debería ser:
como espacios para lo esencialmente humano o para evitar los adsolutismos
de la presencia como los de la ausencia; adquisición y figura, toda ella,
constituída sobre todo al tornarse no un radical replanteo de la
situación y relación respecto a la nueva idea de mundo, la idea de diferencia
o no-diferencia que se tiene de sí en éste momento, y la idea de sí que
se tendrá en otro, sino una re-posesión cristalizada en la superficie
acuosa de la nostalgia (otra vez más el sueño de la brújula tribal), el
parecerse (la cita como rostro ágil del/ y para el reconocimiento),
y la mimesis, cual fondo de armario repleto, y clave, para ese más que
esperado abrazo institucional. En esa zona inconsistente de las producciones
visuales actuales, y sólo en ella, encajaría el encabezado al que recurro,
puesto que el supuesto lo evidencia, y en tanto que, pretendiendo introducir
un decir, augura un desdecir lúgubre en torno a la mezcla,
comportamientos y sentido, de la obra de una de las artistas con más caché
y severidad discursiva —parte de ese bragado grupo de hacedoras
que, entre otras, forman Montserrat Soto, Mabel Palacín, Ana Navarrete,
Salomé Cuesta, Eulália Valldosera o Begoña Montalbán— como lo es Dora
García.
“Insertos en tiempo real”, y de ahí
“LA PARED DE CRISTAL”, tiene mucho que ver con eso que Thomas McEvilley
alguna vez ha llamado “exposición imaginaria”, pues sugiere, quizá intenta
definirse —y aquí lo parafraseo— como territorio fértil en el que pueden,
deben, y tienen cabida, propuestas sobre la esencia de lo humano.
El
website Insertos en tiempo real (http://aleph-art.org/insertos/),
es el punto de partida y a la vez el centro de recepción continuada, para
la memorización y el relato, no sólo de La pared de cristal, inicialmente
realizada en Utrech como parte de la exposición “House of games”, sino
también de Proxy (visionado en Arco 2001), y de ocho proyectos
más que en principio lo completarían. Pensado como ventana de seguimiento,
de información pormenorizada, visual y textual, del transcurrir performático
‘en tiempo real’, da alojamiento cronológico, cual informes noticiosos,
si no de cada elemento, pues ello superaría contradictoriamente el rasero
poético (incluso de la imagen) de “Todas Las Historias”, por lo
menos de las esencias conversacionales, ordenativas y versionadas, de
lo que tras la literalidad de cada proyecto acontece. Es allí, en el site
“Insertos”, donde con más objetividad, tanto poética como práctica,
se puede encontrar y entender el sentido legítimo de una propuesta como
LA PARED DE CRISTAL, ahora expuesta en la Sala La Gallera de Valencia,
y las huellas que como versión le anteceden. LA PARED DE CRISTAL de
Dora García, siendo título y proyecto, establece —más que la
visión misma de un acto de problematización, más que la puesta en ojos
de todos de las preguntas mismas que dan curso a su fin ideal—, el génesis
de un símil cuyas aristas emotivas descansan en el drama, y como obviedad,
en el peligroso y necesario asomarse que como empresa posible de realización
ello supondría. Siendo título, proyecto o entidad poética —acotación
de nadie, podría decirse—, transcurre dimensionándose, volviéndose
constante abertura de sí y para sí descubriéndose, cual único sentido
que la define. Sin embargo, siendo actividad performática (referido éste
a las adecuaciones necesitadas para su versión expuesta en La Gallera),
recodo de memorias y retracciones, actividad de historización y teluricidad,
desborda su estamental naturaleza en una naturalidad-otra, en un cuerpo
de mediación abortiva, donde entonces el sentido declina en oscilación
entre la literalidad y lo ineludible. En
esa dirección, el afán seductor, el pedagógico convencimiento, se re-funda
en imagen-acción sensacional, en extendido signo de integraciones mediadas,
cuyo conflicto primo, el haber sido pregunta y problema, deviene
en disolución —así, en lejanía de lo inmediato cuestionable, de lo extraño—
y en protos aparentes. Mientras que por un lado la actitud-LA PARED
DE CRISTAL se disuelve en regiones ideales de lo performático: la doble
contención del diálogo videografiado, el espacio de la actividad conteniéndose
a sí mismo, tal vez ficcionándose, (si una de las performers ha ejecutado
sus actos en un lugar distante, al menos el espacio desde donde las ordenanzas
han sido pronunciadas debe quedar re-producido como garantía recíproca
del diálogo), lo representacional como auxilio de lo presentacional, de
lo que ocurre in situ aparentemente oculto (“Enter”, la
segunda performance presentada en La Gallera), lo histórico-referencial
(recuérdese “Hors-champs”, 1992, de Stan Douglas y su lógica conversacional
videográfica) como instrumentación voraz de la memoria, o la imprevisibilidad
cotidiana en oposición a la previsión artistizada del sujeto institutivo
—quién ante ella instituye las pautas legítimas—; por otro, LA PARED DE
CRISTAL-proyecto rescata, pues ahonda simple en esa búsqueda, un más que
claro grado de objetividad, en tanto hace suya esa relación dinámica,
ese ámbito de inter-actividad y transcurrir interpretativo —ilimitado
pero accesible—, que se establece con el lector-practicante enfrentado
al site: proyección y tesis constituyen un todo de recuperaciones
problémicas al hacer descender a niveles de concreciones mundanas, de
a pie accesibles, cuestiones propias de la naturaleza o los límites,
si es que los hay, que acotan el ser o no de una entidad recluida en lo
artístico.
“Dos
mujeres, describe Dora García, se encuentran permanentemente conectadas
por medio de un dispositivo electrónico que les permite intercambiar órdenes
mutuamente”... Así descubre el primer secreto de la figuración performática;
lo entrega como disolución de esa actitud-distancia, de distinción —condición
artistizada/ condicionante cívico—, que, al menos teóricamente, hace de
entidad interruptora, de separación problémica entre la acción emitente
y la actividad remitente, que visiblemente ocupa su atención; lo entrega
por tanto como indicación notoria y puerta de nadie abierta al
flujo legítimo de soluciones e incertidumbres comprensivas: no se trata,
plantea la entrega, de que se crea en la palabra y la acción como rigurosas
construcciones de artisticidad sino como estamentos de interactividades
efectivas, y afectivas, ante lo real cuestionado. Sin embargo, es en ese
descubrir, en esa entrega anticipatoria, donde, según mi parecer, y de
manera contraria al inicial propósito, queda acunado lo distintivo (la
distinción) como reafirmación de sí, pues ha devenido entidad paradójica
tras el intento de disolución: acción y propósitos han quedado marcados,
diferenciados por tanto de la actitud-distancia, e igual, de todo
lo demás. De la relación acción y propósito, éste último singulariza más
que el primero —quizá porque le atribuye a la cosa una naturaleza a priori—,
la incertidumbre.
“Dora García es una artista...” Sólo
con esas cinco palabras, escritas y dichas en la rueda de prensa por la
comisaria de La pared de cristal, he de quedarme pero con un añadido:
¡Claro está!
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