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Admitamos que la construcción del self se está convirtiendo en las sociedades contemporáneas –ésas que Ulrich Beck describe como sociedades de riesgo- en el reto por excelencia que cada día se ven más obligados a afrontar los nuevos ciudadanos. Los antiguos regímenes del yo, que aseguraban el ser de cada uno por entrecruce de asignaciones fijas -relativas a su biología, su inscripción social, sus creencias religiosas, sus referentes de identidad cultural o de género, etc.- están dejando poco a poco paso a una situación en la que hacerse a uno mismo es “tarea”, un arduo trabajo siempre por hacer. Sujeto a toda clase de movilidades –biológicas, geográficas, culturales, sociales- el nuevo yo es poco más que un desafío permanente. A partes iguales, los universos del consumo y el imaginario colectivo (las industrias del entretenimiento, del diseño, de la publicidad, del ocio cultural, etc) se reparten o disputan la tarea: cómo conseguir proporcionarle al sujeto los contenidos de experiencia y conocimiento necesarios para facilitarle el reconocerse (fabricarse) como una identidad, como un yo construido.
La exposición está compuesta de dos tipos de trabajo: los primeros son cuadros pintados, en los que el objeto representado -un bolso femenino- se muestra refractario a cualquier tentativa de seriación –y hay que recordar que, y pese a las pretensiones de "exclusividad" de algunos de estos objetos de consumo suntuario, ellos nunca serían posibles al margen de un cierto grado de seriabilidad industrial. La representación artística en cambio marca con esa singularidad absolutamente irrepetible, y al grado de fetichización que ello de por sí conlleva Mar Ranedo añade el logo personal de sus propios mechones de pelo. Frente a este objeto que así se re-fetichiza, singularizado y personalísimo, marcado por el cuerpo de la artista, se exponen una segunda serie de bolsos más serializados, construidos cada uno de ellos como variaciones de un mismo modelo y ahora fabricados con la tela del propio lienzo. Esta vez estamos ante objetos del mundo, con un cuerpo propio –si bien este cuerpo continúa estando constituido desde la esfera del arte y como tal habitando su propia diferencia, apareciendo irrepetible (como el infraleve duchampiano) incluso dentro de la serie. A diferencia de trabajos como los de Silvie Fleury, o incluso Vanessa Beecroft, estos trabajos se distancian de modo paródico de los poderes de construcción de identidad (muy particularmente en lo que se refiere a la construcción de la identidad femenina) que se atribuyen a los objetos de consumo de culto, suntuario. Frente a ellos, los objetos propuestos por Mar García Ranedo remiten a un universo de simbolicidad propia, privada, marcado por la memoria personal del cuerpo o el gesto propio de la artista. Diríamos que ellos hacen buena aquella sugerencia de Judith Butler, según la cual el sujeto se pone a sí misma únicamente en el curso de sus actuaciones. Fuera de ellas es nada –como nada es en esas proyecciones fantasmagóricas con las que pretende ilusionarnos y seducirnos, desde los rutilantes anuncios publicitarios, el mundo falsificado (y falsificador) de la mercancía |
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