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What is missing from this cozy scene?
RADIOHEAD Amnesiac
En la medida de una redefinición de nuestro imaginario contemporáneo,
podríamos confirmar –hoy más que nunca- la colisión directa y explosiva
de, a la manera de Serres, más que la manida confrontación de lo real
y su representación, la incerteza racional de indiferenciar los límites
de estas categorías. Acaso ahora se hayan multiplicado, redimensionado
implosivamente una infinitud de n-dimensiones espacio-temporales,
que aún estableciendo estructuras cada vez más ínfimas y perecederas,
no dejan de perder una eficacia que nos invita a repensar, cuando menos,
esa torpe insistencia en prolongar una inhábil desaparición del sujeto
de conocimiento. Estos plectpoi (pace Luis Castro), lejos de mostrar
la apariencia lisa de una consistencia ensismismada, autoconvencida/construída,
prolongan la evidencia de una realidad tomada más como habitus
operativo que como sobredeterminación retribuída desde nuestro deseos,
aspiraciones o proyectos; más como subespecie de lo real que como garantía
de estabilidad representacional. Realmente, extraviados en la descomunal
potencia ontológica de la conciencia del propio espacio/tiempo, nuestra
experiencia de lo imaginario ya no consiste en una espacialidad alucinada
y obsesiva en torno a un lichtung temporal e irreductible, sino
en su poder de producción de diferencias que se legitiman infinitamente
sobre la base de una desfuncionalización progresiva y fractal en el seno
de su propia constitución morfológica e incluso formal. Efectivamente,
no parece sorprendente insistir en que las imágenes no nos necesiten para
existir, sino que ellas mismas se encargan de producir sus propias “curvaturas”
con densidad de flujo.
En
el seno anatómico de este discurso, la exposición de Salvador Cidrás
(Vigo, 1968) en el C.G.A.C., se evidencia como otro ejercicio de despliegue
de las topologías de nuestro imaginario dentro de una tendencia que viene
aportando soportes y representaciones más preocupados por la resolución
formal y por salvaguardar unas estructuras estéticas no-narrativas (Vicente
Blanco, Carlos Nieto o Alberto Barreiro) que por elaborar maquinarias
de desestabilización entorno a esos lugares donde establecemos
nuestros regímenes escópicos, pretrensión última de la mayoría de estos
trabajos. Cidrás decide imponerse sobre la delicada articulación de espacios
como productos analógicos en un cruce quiásmico entre sociedad y cultura,
arquitectura y high design, transparencia e influencia. Aparentemente,
la muestra no es más que la conclusión lógica (diacrónica y autoevidente)
de aquellos trabajos que fueron surgiendo en su estancia californiana,
en especial aquellos surgidos en el marco de la Fundación Schindler (Piense
lo que quiera pensar o Armario con ruedas para solteros), así
como del proyecto 3D-Heart en Helsinki. Lejos de aquellos trabajos más
autosuficientes, (Apartamentos,1999), el supuesto intento de derribo
de “espacios normativos” o la exposición de ”objetos identificados en
un contexto alterado” se constituyen como vagos acontecimientos de un
mero intercambio para-asintóctico de ciertas categorías (interior/exterior,
público/privado, realidad/representación) que en lugar de ser exploradas
en toda su dimensionalidad, quedan postuladas dentro de unas prácticas
materiales (aquellas que refundan el poder del trazo, de la línea, del
“bourrer”, que exploran la capacidad semiótica de la literalidad de los
grafismos convencionales), de unos juegos discursivos (publicidad, arte,
ilustración...) y de un código visual bastante condicionado por inevitables
acercamientos con artistas como Elmgreen & Daugset o Txomin Badiola.
Toda
la muestra, -salvo la serie TLOT: preciso retazo metonímico de los psicotopoi
arquitectónicos contemporáneos-, viene girando entorno a una éstética
del depénse -efecto de choque o recompensa- o como precisó el propio
Bataille como ”herramienta de integración al medio”, una modalidad específica
dentro de la influencia de la oposición entre naturaleza y cultura. Este
tiempo muerto, remediado en toda su capacidad metafórica, no sólo
concede una (im)posible detención de una presión onto-cronológica contínua
–la de la propia obsolescencia-, sino como insinuó J.A. González Sanz,
invita a pensar que “se pudiera hacer algo de veras”, es decir,
conseguir un espacio/tiempo en-si, normalizado y domesticado desde
el centro mismo de una ilusión de la diferencia. Este planteamiento, no
por efímero menos eficaz, viene a sugerir un espacio de “grado cero” virtual,
des-ideológico, fenomenológicamente integrado, que interioriza la exterioridad:
una escena confortable (no autocomplaciente, sino líquidamente nihilista)
desde donde se ve el mundo. Cabe preguntarse entonces, qué hay tras estas
imágenes, qué queda por recoger si el éxito de la representación es precisamente
su muerte dialéctica sobre lo real, donde el poder de esa fuerza ilocucionaria
del propio lenguaje sugiere precisamente otra descarnada postulación en
la constitución de nuestro propio imaginario: la de escrutar la identidad
de los cuerpos opacos.
(La exposición de Salvador Cidrás en el C.G.A.C. permanecerá abierta
hasta el próximo mes de enero del 2002. Posteriormente, se trasladará
al Espacio1 del M.N.A.C.R.S. en Madrid)
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